viernes, 1 de marzo de 2013



Soy moderno

Abro el portátil. Leo las noticias. Me quedo parado ante las Google Glass. Pienso “qué maravilla”. Y me pongo triste.
Me doy cuenta de que lo máximo que deseo ahora mismo es que alguien llame a mi puerta. Así, sin avisar. Sin enviarme un mail. Sin preguntarme por whatsapp si estoy en casa. Que alguien haga una “locura”: que compre una botella de vino y que llame a mi puerta sin preocuparse demasiado por si me pilla en un mal momento, porque significaría que hay confianza. Porque sabe que jamás me molestaría. Porque su presencia siempre es bienvenida. Pero estas cosas ya no suceden. Nos pasamos horas en redes sociales y, sin embargo, ahorramos minutos para todo lo demás. El tiempo es oro. El tiempo desde hace mucho tiempo ya no es tiempo, es un tesoro sospechoso. Es aquella bolsa que tienes en tus manos y que una vez la abres, resulta ser algo podrido. Una broma malgastada.
Soy un chico moderno. Soy tan moderno que compro por internet, que adivino olores de perfumes en función de la descripción de la tienda online. Soy un chico con imaginación. Soy tan asquerosamente moderno que no malgasto mi tiempo en ir al centro de atención primaria a pedir hora. Yo programo citas por internet. De momento sólo las citas médicas y a veces ni voy...Quizás me falta un poco para ser del todo moderno. Soy tan moderno que cuento con 300 amigos de Facebook y me creo selectivo. Soy tan moderno que envío flores a mi madre con una nota escrita por la operadora del turno. Soy tan moderno que, tan sólo ver las Google Glass, deseo sobrenaturalmente ser uno de los elegidos para poder comprármelas, aunque no tenga mil y pico de dólares para tenerlas y, si os soy sincero, ni siquiera sé si las necesitaría de verdad: creo que con tanta pantalla me quedaría bizco.
Soy moderno. Muchos chicas que quieren conocerme y que de antemano saben que soy de relaciones, creen que sé de todo. Que voy por casa en pantalon de pijama sin camiseta y que bebo vino de categoria con normalidad. Soy moderno. Soy tan odiosamente moderno que no tengo tele en casa. No me hace falta. Ya no tengo CDs para no ocupar espacio en mi piso que ya de por sí no es pequeño. Pero soy moderno y cuánto más vacía está mi vivienda, más moderna es. Soy moderno: hablo con mis primas por Skype. No las veo desde hace años porque vive en Alemania, pero las vacaciones las paso en París,Londres o Dublin porque soy moderno
Llaman a la puerta. Es el cartero Mi cartero no es nada moderno y llama así, sin avisar. No me envía un mensaje previo preguntándome si me apetece recibir un paquete. Me lo entrega y ya está. Se llama Jesus: es feliz y siempre me saluda con una sonrisa. Me dice que es su cumpleaños y me cae bien enseguida. Lo invito a entrar. A el y a su carrito amarillo y feo. Me cuenta que es feliz porque le encanta su trabajo. Que, quizás, es demasiado empático y por ello le sabe mal entregar las cartas de la Agencia Tributaria: Jesus sabe que jamás son buenas noticias. Me dice “soy cartero y me gusta como suena esto”. Yo pienso: ves, el no es moderno, porque si lo fuese, se haría llamar “Post Manager”. Sin embargo el es “cartero” y es feliz. Mira por dónde.
Somos modernos. Nos creemos modernos porque tenemos móviles modernos y leemos los libros modernos en un aparatito todavía más moderno de lo que somos nosotros. Creemos que nos relacionamos de una manera moderna, pero no nos damos cuenta de que esta sociedad se avanza a destiempo. Por un lado estamos convencidos de que sabemos llevar las relaciones al punto que deseamos y, sobre todo, las llevamos bien y sabemos adaptarlas a nuestro moderno ritmo de vida. Sin embargo no nos damos cuenta de que nos hemos educado “a la antigua”. No somos aparatitos de Apple y no recibimos la actualización cada “x” tiempo. Nuestro cerebro todavía funciona “como antes” y, quizás, no es del todo vergonzoso. No sabemos detectar cuáles de los valores viejos son inaceptables y cuáles deberíamos conservar. Luchamos contra el machismo, nos encanta la emancipación y en esto, gracias a Dios, también nos ayuda la tecnología y el supuesto poder de la libertad de expresión. Pero luego, a la hora de construir las relaciones de verdad, nos olvidamos de las cosas esenciales: de hablar. Cara a cara.
Rompemos con la pareja por teléfono y conocemos a su sustituto por internet. Impresionamos a todos con fotos con filtros, pero filtramos tanto que no queremos ver la realidad original. Porque asusta. Porque no es atractiva. Porque no es moderna.
Yo también he tenido relaciones modernas. Gracias a éstas me he dado cuenta de que no quiero tener una novia moderna. Una novia que se siente más feliz por los nuevos follows que por despertarse a mi lado. Una novia que con la creación del Whatsapp se ve con derecho de sustituir la valentía por un mensaje con foto. Yo la quiero en mi casa. Así, sin avisar. La quiero delante de la tele con un pijama viejo, unas gafas y sin que sepa preparar una buena y deliciosa cena. Porque sus besos sabrán a felicidad y no a los “likes” de Facebook
Soy tan moderno que prefiero ser antiguo.
Soy feliz de haber vivido en las dos épocas: la “avanzada” y la “retrasada” porque me dio la posibilidad de escoger lo que más me conviene.
Y me conviene ser moderno a ratos muy concretos.


Miguel C.

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